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LA TRAMPA DEL RENTISMO PETROLERO Y SUS SECUELAS

El tema de la renta y el rentismo y su vinculación con la actividad petrolera nacional ha sido objeto de muchos debates y escritos.
 
Sin embargo, conviene hacer algunas precisiones al respecto y alertar sobre  esta trampa económica  a la que inexorablemente nos estamos precipitando, dadas las peligrosas circunstancias domésticas y externas  que hacen presentir el agotamiento de ese modelo, que ha sido pesado fardo para el desarrollo del país y, en gran medida, explica la crisis nacional, expresada en términos de inflación, inseguridad personal, deterioro institucional  y del aparato productivo interno, confrontación social y un éxodo que no tiene parangón en nuestra historia, especialmente de jóvenes que no vislumbran un futuro cierto en su propia patria.
 
Para algunos la renta representa el ingreso percibido por el dueño de un recurso por encima de su costo de oportunidad, en condiciones de competencia. También se habla de renta referida al ingreso que se deriva de la explotación y venta de un bien, bajo régimen de monopolio estatal; por lo que, en el caso venezolano, es muy apropiado hablar de renta petrolera por el hecho de que la explotación y comercialización de los hidrocarburos se realiza en forma exclusiva por el Estado venezolano. 
 
Hablamos entonces de rentismo cuando se promueven las condiciones para  beneficiar con la renta, procedente de la gestión  petrolera del Estado, a una colectividad sin que en la misma se haya realizado ningún esfuerzo productivo para alcanzar ese beneficio. Debemos aclarar que no toda renta es mala, ya que el esfuerzo para generarla, si se orienta con criterios productivos, puede actuar como un factor importante de desarrollo socioeconómico; pero  sus efectos perversos surgen cuando, a través de la distribución de esos ingresos públicos, se promueve el clientelismo y el hábito de la captura de la renta por un conglomerado social, en desmedro de la cultura del emprendimiento,  del esfuerzo productivo y la diversificación de la economía.
 
Tal como lo señala Coppedge, no existe en la región latinoamericana ningún país que tenga características tan profundas de economía rentista, de paternalismo estatal y de clientelismo como las que históricamente han estado presentes en Venezuela, especialmente desde que el petróleo surgió como factor determinante del proceso económico nacional. 
 
Es por ello que nuestro país encarna el modelo emblemático de una cultura del subdesarrollo, con todas las connotaciones de rentismo, realismo mágico y clientelismo, reforzadas por el peso determinante que ha tenido la economía petrolera gerenciada por el Estado.
 
Las ineficiencias de las economías rentistas petroleras, como la de Venezuela y las de los otros países de la Opep, que administran esa riqueza con los mismos criterios de renta y capitalismo de Estado, contrastan dramáticamente con otras economías, con un importante componente petrolero, pero con un desarrollo diversificado y en las cuales el recurso de los hidrocarburos se ha manejado exitosamente, con visión  de economía de mercado, porque su explotación no responde a los criterios rentistas y de monopolio estatal prevalecientes en los países de la Opep. 
 
En efecto, mientras que el ingreso petrolero genera en  Venezuela un PIB per cápita de cerca de $ 13.000, los habitantes del estado petrolero de Texas, por ejemplo, con una población similar a la nuestra, gozan de una economía de mercado diversificada, en la que el petróleo representa solo 5% del PIB, pero genera un PIB per cápita más de 3,5  veces superior al modelo rentista de nuestro país, es decir, cerca de $46.000, el más elevado de EEUU. En las valoraciones del Índice de Desarrollo Humano, que mide la calidad del desarrollo, en términos sociales, Venezuela -con un IDH de 0,697- también se muestra en desventaja con el estado de Texas, cuyo IDH es de 0,914.
 
Frente a las realidades descritas, el  reto que se plantea para el desarrollo  del país frente a  la excesiva dependencia petrolera y por la cultura rentista, estriba en la promoción de  un esfuerzo concertado y de largo plazo, a fin de lograr  un nuevo paradigma de desarrollo que, apuntalado inicialmente en los ingresos petroleros, impulse la diversificación de nuestra economía sobre la base del esfuerzo para incrementar la productividad y la competitividad en los mercados globales,  de los sectores productivos en los que Venezuela pueda desarrollar verdaderas ventajas comerciales, en los términos definidos por la nueva economía. Se trata de un magno proyecto que debe incorporarse dentro de un Acuerdo Nacional de Gobernabilidad y Desarrollo Incluyente, como plataforma para relanzar al país hacia el progreso sostenido, en el que todos debemos empeñarnos.
 
jmoreno@unimet.edu.ve
Director General del Celaup