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EL TALENTO UNIVERSITARIO EN 25 AÑOS

Las nuevas tecnologías y la diseminación de las fronteras conlleva una metamorfosis de la Universidad hacia un modelo más abierto, flexible y ´empleable´.La institución universitaria se aquilata con el tiempo y, además, lo hace muy lentamente. Los lustros son instantes para una entidad que lleva en sus espaldas siglos de historia y cuya vocación de permanencia está en su ADN. Esto hace que vaticinar cómo será la Universidad dentro de 25 años sea a la vez una tarea fácil, por lo previsible de su fisionomía, y compleja, por lo incierto de su capacidad de renovación y adaptación a un entorno cambiante.

Tradicionalmente, la Universidad se ha venido contemplando a sí misma como el ágora dónde unos discípulos acuden para ser instruidos según los criterios del académico, que detenta la autoridad formal para interpretar las necesidades formativas demandas por la sociedad. Es éste, el académico, el que ha asumido un papel protagonista a la hora de fijar los procesos formativos, diseñar programas y grados, evaluar las competencias adquiridas, determinar cuándo estaba el alumno maduro para licenciarlo. El estudiante ha sido considerado casi como un convidado de piedra dentro de un sistema que, en teoría, estaba diseñado para él.
Algunas instituciones, en un intento de ajustar esta situación, han creído que el estudiante era el verdadero cliente de su tarea y que éste tenía que asumir un protagonismo casi radical en el diseño del servicio que se le prestaba. La democratización (me atrevería a decir casi popularización) de los estudios universitaritos, ha favorecido esta visión, que ha llegado a degenerar casi en el capricho. Un alumnado exigente que no sabe qué exige, ni por qué lo hace, ha llegado a cuestionar la metafórica relación médico-paciente, que suele estar en la base de la relación profesor-alumno.

La Universidad que viene tiene que cambiar esta perspectiva y no confundir la oferta y la demanda. Es bueno recordar que quien demanda el producto universitario es la sociedad a través de sus instituciones (empresas, administraciones, mercado). Es ella quien requiere profesionales bien formados. La Universidad los oferta una vez que han sido instruidos según el proceso académico llevado a cabo para ajustar sus potencialidades con el desarrollo de habilidades y competencias que requiere el oficio al que se pretende optar.

Será, por tanto, una Universidad abierta y enfocada a la empleabilidad. La empresa no será utilizada exclusivamente como una fuente de recursos para apoyar la investigación, y como el campo de prácticas donde apostillar los conocimientos teóricos adquiridos en el aula, sino será fuente de inspiración en el diseño de planes de estudio y en la formulación de nuevos títulos de grado y posgrado. Habrá una propuesta renovada de perfiles e itinerarios formativos que se ajusten a la demanda real del mercado. Los estudios de grado se estabilizarán en unas cuantas materias básicas y fundamentales, dejando en manos del posgrado la profundización en campos específicos.

Hay quien piensa que la formación narrativa sigue siendo la forma válida para transmitir conocimientos y desarrollar capacidades. Sin embargo, nuestros jóvenes son cada vez más visuales en su forma de aprender y de aprehender. El discurso que asume el tiempo biográfico e histórico como hilo argumental para proponer modelos, conceptos y teorías es superado por unas inteligencias acostumbradas a trabajar en red, saltando distancias geográficas, donde los datos no se compendian cronológica y físicamente, sino en función de su utilidad para encontrar puntos de encuentro, nexos en los que surge un nuevo acontecimiento que ahora tiene dimensiones de aprendizaje verdadero.
Se acrisola una nueva forma de entender la formación que, más que temporal, es síncrona; que más que obtener su relevancia y legitimidad de la proximidad cultural, la tiene por su rol como agente de socialización de realidades físicamente distantes, pero virtualmente conectadas. Si ponemos en relación las formas de pasar el tiempo de nuestros jóvenes y adolescentes, cómo interactúan entre ellos, como satisfacen sus necesidades de entretenimiento y de búsqueda de información, cómo se socializan, y lo comparamos con lo que se hace en el aula, con los libros de texto, con las metodologías que utiliza el profesor en clase, notaremos un notable distanciamiento.

Los métodos pedagógicos tradicionales eran acordes con una forma de relacionarse: la lectura, los juegos con compañeros del mismo entorno, la búsqueda de información utilizando fuentes siempre próximas, el manejo y la percepción del tiempo, por ejemplo, eran coherentes entre sí, no había fractura entre una y otra realidad. El aula era prolongación de la propia vida, ambas eran realidades reconocibles entre sí.

La limitación de las distintas plataformas en el número de caracteres disponibles por mensaje, obliga a la destilación y concreción en las ideas a transmitir. Rapidez, inmediatez, lo instantáneo como forma de superación de categorías temporales. La información destilada después de haber pasado por el filtro, el tamiz y el embudo de lo que verdaderamente une, que quizás sea menos de lo que pensamos, pero más sustantivo.

El riesgo que tiene este ejercicio de superación de la fractura entre medios y fines es que los conocimientos queden aguados, que por sintetizar tanto, nos quedemos sin lo importante. Mucha información no es sinónimo de información de calidad. En un mundo en el que la inflación de datos ha generado un muro opaco con el que es difícil relacionarse y saber qué hacer con ellos, hay que replantearse en qué consiste la verdadera formación.

Cuando lo que sabíamos de determinadas realidades cabía en un libro –por muy extenso que este fuera, siempre tenía un tamaño acotado- la exigencia debía estar enfocada a su conocimiento, manejo y dominio. Cuando las fuentes de este conocimiento estaban concentradas, hacer accesibles era el reto del profesor universitario. Hoy, en cambio, la información es casi inabarcable y además está dispersa. Las habilidades que se les exigen a los profesores son esencialmente distintas a las de antes. Tiene que enseñar a pensar, tiene que enseñar a investigar, tiene que facilitar el rigor intelectual para que el alumno asuma el protagonismo de su propio desarrollo.
Por tanto, la Universidad tendrá que haber cambiado el perfil de su profesorado, las formas de evaluar su contribución y su calidad, los sistemas de promoción y gobierno. Si la tarea cambia por un cambio en el alumnado, también es necesario que lo haga quien la asume. En ocasiones se le ha achacado a la universidad española una cierta endogamia. Independientemente de que se le dé pábulo o no a esta afirmación, el hecho es que, de cara al futuro, o se abre radicalmente o perece. No se puede abarcar una realidad diversa desde una posición estática y cerrada.

El claustro debe tener un tipo de experiencia de socialización equivalente a la del alumno al que pretende formar. Si éste tiene un perfil cada vez más internacional, más dinámico, con mayor apertura cultural, el profesor debe tener algún tipo de formación equivalente. Ya no valdrá la lógica vital del “departamento”, sino la del mundo. Interconexión, interrelación, enfoque a la empleabilidad, diversidad, flexibilidad, serán sus notas características. Orientación al desarrollo de capacidades para saber qué datos se necesitan, donde buscarlos, cómo obtenerlos, antes y, prioritariamente, sobre su acumulación, será el enfoque que guie su tarea.

Juan Luis Martínez. Rector. IE University
12 de Abril de 2011