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ACTIVISMO EN LA RED

Las redes sociales tienen la capacidad de movilizar a millones de personas en defensa de una causa, aunque estén distantes. Sus consecuencias ya se están notando. La expansión de las redes sociales ha traído consigo un efecto sumamente interesante: la proliferación de causas o reivindicaciones capaces de congregar, a veces de manera rápida, a un número elevado de personas. Cuando esto ocurre, los partidarios de la causa presentan las adhesiones como prueba de apoyo, mientras detractores y escépticos intentan minimizar el hecho hablando del escaso valor de unas adhesiones que representan, únicamente, el esfuerzo de dejar caer suavemente el dedo índice sobre el ratón.
¿A quién debemos dar crédito? ¿Podemos considerar este tipo de grupos como una prueba tangible de apoyo, equivalente virtual de una manifestación a pie de calle con pancartas y consignas, o, por contra, hablamos de una “frivolización” de la causa provocada por el mínimo esfuerzo que conlleva unirse a ella?

La trascendencia social de la cuestión se ha ido incrementando conforme las redes sociales ganaban en representatividad: España es uno de los países del mundo con un mayor nivel de difusión del uso de redes sociales (según las últimas cifras publicadas, hablamos de unos diez millones de usuarios activos en Facebook y unos ocho millones en Tuenti), de manera que muchos empiezan a ver en las redes sociales una especie de “laboratorio de tendencias” o medidor del “pulso social”, una especie de encuesta permanente y en tiempo real sobre los más variados temas.

La red ha facilitado radicalmente la difusión viral: en pocos clics, una idea pasa desde una persona a toda su agenda de contactos, convirtiendo en anacrónico aquel “pásalo” de los teléfonos móviles. Sin embargo, la tangibilización en la calle suele ser escasa: apoyar una causa mediante un clic es una cosa, y otra muy diferente desplazarse e invertir tiempo en dicho apoyo mediante la presencia física.

En dicha disonancia entra en juego una cuestión fundamental: la red hace desaparecer la influencia de la distancia física. Una persona, en cualquier punto de España o del mundo, puede dar su apoyo a una causa cuya posible escenificación física tendría lugar, por ejemplo, en un punto determinado de la ciudad de Madrid. En la presencia física entran variables de fricción que la red hace desaparecer, y todo ello sin considerar, en el caso de nuestro país, factores como la seguridad (si manifestarme implica el riesgo de ser detenido o agredido, el efecto disuasorio es obviamente mucho mayor).

El desplazamiento físico introduce una disonancia en el proceso: una persona puede conocer, informarse, documentarse, tomar partido y difundir una serie de argumentos a favor de una causa determinada… pero todos esos procesos tienen lugar “al otro lado de la pantalla”. Desvirtualizar ese proceso exige otros factores, que no siempre llegan a ser determinantes.

Sin embargo, esa falta de materialización no debería llevarnos a minimizar la importancia de las causas. En la mayor parte de los casos, en gran medida por incrementar la percepción de veracidad y legitimidad, quien intenta recabar apoyos para una causa lo hace solicitando una identificación presumiblemente fiable de las personas: en peticiones de firmas, es habitual requerir el DNI, mientras que en otros casos, el apoyo se produce en el contexto de una red social, en la que quien apoya lo hace con nombre, apellidos, y en muchos casos, su fotografía.

No, el que usa la red para materializar su apoyo a una causa no lo hace engañado, y opera, además, en un entorno rico en información que le permite contrastar y decidir: sabe lo que hace, efectúa un acto reflexivo y consciente. Que el apoyo se lleve a cabo fácilmente no conlleva necesariamente una ligereza. Por otro lado… ¿por qué considerar la calle una métrica relevante? No hablamos de “ir a luchar”, ni de nada para lo que la presencia física sea determinante: es más, en muchas ocasiones, dicha presencia física resulta incómoda y produce efectos molestos, rayanos en lo antidemocrático o coercitivo.

La red se está convirtiendo, por sus características como reductor de fricción, en un vehículo para la expresión del activismo. Entenderlo y cuantificarlo requerirá desarrollar metodología y sensibilidad en ese sentido, pero minimizarlo, despreciarlo, quitarle importancia o considerarlo “activismo de salón” es una frivolidad. La red juega ya un papel fundamental en la vida de una democracia: desde la red, muchas causas y muchos ciudadanos nos contemplan

 Enrique Dans. Profesor. IE Business School
8 de Marzo de 2011